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Por Gregorio Poveda Carrión. Mayo 1950

El tren se deslizaba a una velocidad vertiginosa y los árboles pasaban fugaces por la ventanilla y, de vez en cuando) las nubes podían verse en la 1ejania del cielo. El estridente sonido de la sirena anuncio la próxima estación y los chirridos de los frenos sobre los raíles de la vía – hicieron temblar de frío mis dientes. Fue entonces, cuando al pararse el tren y despertando de mi somnolencia – mis ojos quedaron pasmados ante la visión de la figura humana aparecida sentada enfrente de mi… Creí estar soñando, porque no era posible que pudiere existir tal semejanza. No obstante, al fijar mas detenidamente la imagen de la muchacha apercibí en ella las mismas pestañas ovaladas divinamente, su misma talla fina y su precioso rostro inquieto… Deseos desesperados invadieron mi ser que me incitaban a abrazarla, pero las dudas frenaron mi impu1so.La bella moza aparecida, dándose cuenta de mi insistente examen tísico de su persona a su vez, recorrió mi maltrecha silueta con una expresión de extrañeza y desconfianza, pero tal vez el montón de mis años y canas la incitó a preguntarme si me sentía mal. ¡No! respondí…y le ­pregunté cómo se llamaba, sus labios exquisitos balbucearon tímidamente… ¡Me llamo Dori García Lillo!… contestó con cierto tono de orgullo.

La emoción invadió mi corazón dolorido, mis manos temblorosas casi se proyectaron sobre ella para acariciar su cara y con profundos sollozos de pena exclamé: ¡Hija!… hija mía, que triste es tenerte tan cerca y no poder estrecharte entre mis brazos…Las lágrimas furtivamente deslizaron por mi cara, mis manos taparon mi rostro plagado de arrugas- envejecido prematuramente consecuencia de un cruel destino familiar. La muchacha al verme en tal estado me instó a sentarme a su lado y, sus finas manos, se posaron con cierta ternura sobre las mías a la par que susurraba agradables palabras casi filiales, tal y como 10 hacia mi pobre hija hasta el día que desapareció entre las tinieblas de la muerte. Me dormí sobre su hombro y soñé… Soñé estar de nuevo en mi casa rodeado de toda mi familia, especialmente de mi desaparecida hija…Fue entonces, cuando el pitido de la sirena del tren volvió a sonar anunciando la salida hacia una nueva estación. E1 ruido acompasado de las ruedas sobre los raíles me despertó y constaté que estaba solo en el compartimento del vagón. Los recuerdos de la bella moza vo1viéron a mi memoria y la vi como a través de un espejo-pensando que tal vez fue en realidad una visión… Repentinamente, una voz tenue resonó en el reducido espacio del compartimento y su eco como salidos de ultratumba, pronunció… ¡Si, papá, fue una visión, pero fui yo, tu hija Adoración! …

Muchos años han pasado desde entonces, y, hoy, estoy en espera de irme hacia el más allá para reunirme con mi querida hija Dori. Recuerdo igualmente, que aquel acontecimiento ocurrió durante una hermosa tarde de Primavera – los pájaros serpenteaban velozmente por el aire y las abejas se posaban sobre las flores…

Señoras del Ateneo participantes en la cuestación de la lucha contra el cáncer. De izquierda a derecha, Mª Ángeles Comendador, Mª Dolores García, Mª Luisa Ruiz Cameo, Maribel Berná Box, Mª Luisa Ruiz, Ester García

 

n2 Gregorio Poveda